Una sonrisa de mi abuelo

En aquellos días mi abuelo, el hombre más fuerte y más bueno del mundo, se encaminaba lenta e inconscientemente hacia el olvido de si mismo. Comenzó con molestias físicas, con dificultad para andar, algunos pequeños olvidos y despistes. Con el tiempo dieron paso a desorientaciones, repeticiones del mismo discurso y muchas otras cosas que alejaban a mi abuelo del hombre que había sido. Llegó un momento en el que se limitaba a mirar la televisión como el que escruta una pared vacía, durante horas, sin hablar. Cuando por fin despertaba de su trance echaba una ojeada por la ventana, hacia la bahía de levante y mascullaba para si mismo:

– Mira las sardinas volando.

En una de esas tardes de verano, ya cercana la hora del anochecer, mi abuelo contemplaba sin emoción a los bañistas regresar a casa una vez finalizada la pertinente jornada de playa. Entonces me senté junto a él y la pasé una mano por el hombro, me miró como si reconociese en mí al nieto al que solía pasear por el pueblo y sonrió, entornando los ojos. Recordé multitud de aventuras vividas agarrado a su mano gigante, cuando yo era niño, y hablé de ellas entre carcajadas. Recordé, por ejemplo, cuando me empeñé en robarle su boina y pasearme con ella de arriba a abajo de la calle, o cuando nos subíamos al pequeño autobús ruidoso y hacíamos el trayecto desde nuestro barrio hasta el apeadero del tren, o cuando el abuelo nos engañaba diciendo que su bicicleta podía volar. Siempre le insistíamos, maravillados, le rogábamos que nos enseñase cómo volaba y cada vez él se inventaba una excusa nueva: que si está prohibido que las bicis vuelen y me van a multar, que si vuestra madre se va a enfadar, que si se van a despertar los pescados en el mar…

Estuve contándole todo aquello y mi abuelo parecía recordar conmigo, parecía entender todo y su sonrisa, en su rostro áspero y peludo, parecía darme la razón: por una vez el abuelo despertaba, aunque fuese solo un rato, aunque solo fuese aquel día, volvía a ser mi abuelo. Estuvo sonriendo sin más todo ese tiempo, con sus pequeños ojos fijos en mí. Luego su gesto se suavizó poco a poco, moderó su cálida sonrisa y volvió la vista hacia la ventana durante unos segundos.

– Mira las sardinas volando.

Le di un beso y dejé que continuase su contemplación. Aquella fue la última vez que mi abuelo sonrió de esa manera, la última vez que participó en un diálogo pese a no haber hablado conmigo, la última vez que mi abuelo fue mi abuelo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s