La princesa y la simulación del guisante

Bien… seguimos atareados y, por tanto, las aventuras de Mannfred Salmon continúan en reposo relativo a la espera de la llamada de lo salvaje.

Para no quedarnos oxidados hoy toca recuperar la versión de “La princesa y el guisante” que escribí para un antiguo proyecto nacido en el foro de Ilustrando. El clásico de Andersen se reformula en esta versión convirtiéndose en un microrrelato de ciencia-ficción romántica. Que ustedes lo disfruten.

 

Yo soy el príncipe. Recuerdo haber sido desdichado. Recuerdo que entonces no existían las princesas. Tan sólo la soledad del Planeta Soledad donde reinábamos yo y las voces de papá y mamá, que habían muerto la década anterior. Para no estar tan solo creé programas informáticos que reproducían sus personalidades y sus voces.

La noche de las Perseidas, el cielo obstinado se dedicó a arrojar sobre mi planeta rayos, truenos y relojes antiguos. De vez en cuando un pedazo de chatarra espacial surcaba ardiendo la atmósfera y caía entre los árboles del huerto. Entonces escuché la llamada de socorro, entrando por una de las frecuencias de la radio. La misma radio que nunca captaba ninguna señal.

– Mayday, mayday…

Acudí veloz a responder la llamada. Una voz distorsionada se abría paso entre las interferencias. Me proporcionó unas coordenadas y usé el viejo transporte unipersonal de papá para llegar hasta allí.

La pequeña nave había caído en los pantanos que se extienden junto a las llanuras violáceas. Cuando rescaté al único tripulante y éste se quito la escafandra, mi sorpresa fue mayúscula. ¡Una mujer! ¡Más que eso! ¡Dijo ser una princesa!

Pero yo no sabía cómo eran las princesas ni habría podido jamás identificar a una princesa de verdad. Así que acudí a mamá y a su infinita sabiduría, arranqué el programa “Madre” e introduje una serie de datos. Pronto habló mamá:

– Para saber si es una princesa, prepara un confortable lecho para ella. Después usa el programa de creación de imágenes relajantes. Introduce el código de un paisaje sereno y después piratéalo para crear un guisante mental en él, tan pequeño que apenas se distinguiría.

Así lo hice. A la mañana siguiente cuando la princesa hubo despertado le pregunté si el programa de relax había funcionado bien.

– ¡Ha sido espantoso! ¡Toda la noche mi sueño placentero se veía truncado por una sensación de pesadez, por una sombra horrible como una pesadilla, una forma rocosa  que obstruía la imagen serena de aquel paisaje!

Mamá estaba en lo cierto. Solo una princesa de verdad habría comprendido la imperfección del programa que había creado para ella. Pronto, mis cuidados y mi gracia la enamoraron y nos casamos. Hoy soy feliz.

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