Cosas que nunca hice (I) – La película de ostias definitiva

Todo creativo que se precie, con el tiempo, va acumulando en sus cajones, carpetas de ordenador o rincones de la mente distintas ideas y proyectos que nunca llegaron a ejecutarse por distintos motivos. Yo, que soy creativo y adoro pensar a lo grande, acabé reuniendo durante ciertas etapas varias espectaculares y diversas ideas, ninguna de las cuales hubiera podido llevarse a cabo con los medios de que disponía – o dispongo -, y es que algunas de ellas tenían tal envergadura que escapaban completamente a mis habilidades y conocimientos. Por no hablar de que varias eran, directamente, irrealizables. Pero no quiero dejarlas caer en el olvido tan fácilmente, por lo que inauguro una serie de entradas tituladas Cosas que nunca hice. Y esta es la primera entrega.

Varios años antes de que conociéramos ese grandioso proyecto de Sylvester Stallone de reunir a varias figuras del cine de acción de los 80/90 y hacer una película-homenaje-relanzamiento de ese género en Los mercenarios, resulta que yo ya había tenido la misma idea. Lo prometo. Obviamente nadie en su sano juicio en Hollywood hubiese dado un duro por mi idea pero, claro, obviamente yo no soy Stallone.

A falta de uno definitivo, el título de trabajo era esclarecedor: La película de ostias definitiva. En ella se verían las caras los más grandes actores del cine de ostias y tiros: Stallone, Schwarzennegger, Norris, Seagal, Van Damme… pero también habría hueco para todos esos otros actores que no habían conocido la gloria de los anteriores aunque igualmente hubiesen hecho sus aportaciones a este género. Allí estarían Mark Dacascos, Lorenzo Lamas, Don ‘The dragon’ Wilson, Michael Dudikoff… un despiporre de antología que hoy día seguramente hubiese encontrado una salida para los cines de todo el mundo y hubiese sido elevado a los altares del cine basura pero con cierta gracia. Pero simplemente entonces no era el momento.

Por lo demás el argumento hubiese sido cualquiera. Habría gran cantidad de tortas, peleas de artes marciales, tiroteos con ametralladoras y persecuciones en camiones por las calles de San Francisco, trenes explotando, edificios explotando, centrales nucleares explotando… y un villano de opereta que probablemente habría interpretado José María Aznar.

Pero ya véis que la suerte es decisiva en estas cuestiones y aquí fue Stallone el que supo apostar por una idea en un momento determinado, con el inmejorable resultado de la saga de Los mercenarios.

Y con esto llegamos al fin de esta primera entrega que, espero, os haya resultado emocionante y sorprendente. Nos vemos en la próxima, ¡no dejéis de soñar!

Aquella noche

-Oye, ¿te acuerdas de aquella noche en la mansión de los McMahon?

-¿Qué noche? No sé de qué me hablas.

– La noche de la fiesta de cumpleaños de Cindy, ¿no lo recuerdas? Fue la noche en la que Walter Rigley fue a evacuar al retrete pero la cisterna no funcionaba y no conseguía librarse de su zurullo y se agobió tanto que intentó escapar por la ventana y acabó partiéndose una pierna y tuvo que venir una ambulancia.

– Pues no me suena de nada.

– Sí, hombre, fue cuando creíamos que Angela había muerto de un infarto pero después resucitó milagrosamente en brazos de un guaperas de San Francisco que después resultó ser una mujer.

– ¿Seguro que yo estaba? Creo que lo recordaría.

– ¡Claro que estabas! Fue la misma noche en la que John y tú estuvisteis bebiendo tequila pero no era tequila sino limpiacristales y al saberlo corristeis a vomitar al gran cuenco de ponche y contagiasteis las ganas de vomitar a toda la fiesta y aquel suceso se registró como la vomitona colectiva más numerosa en el Libro Guinness de los records.

– Pero, ¿eso no fue en Nochevieja?

– ¡Qué va! En Nochevieja organizamos la fiesta en casa de Simon y coincidió con esa extraña invasión de orugas gigantes que casi acaba con la raza humana y que fue erradicada rápidamente por una arma atómica experimental.

– Pues ni idea, no caigo.

– Que sí, hombre, que fue la noche en la que Raymond se rascó tres veces la nariz.

– ¡Caray, ahora sí lo recuerdo! ¡Haber empezado por ahí!

Sin

Agosto. Qué mes tan apropiado para la nada. Nada en la calle, nada en la cabeza. Ahora que ese ente diabólico al que llaman ‘La Calor’ se ensaña con nosotros, ahora es el momento para un momento “sin”. Por eso hoy, 1 de agosto, dejo la auténtica, la única oda “sin”.

Para ti, que me amas.

SIN

Para P

Yo te amo. Libre. Sin cadenas.

Sin dieta Dukan y sin Special K.

Sin sentirte más guapa, más delgada, sin antiarrugas ni total-effect.

Sin tacones y sin fotodepilación, lejos del anuncio de Fairy o Don Limpio.

Lejos de la blancura total y de la vergüenza que pasaste cuando la vecina del quinto estaba mirando. Sin lavadora. Sin religión católica.

Sin Historia de España.

Sin un vestido diferente para cada boda. Sin peinar.

Sin que las urnas decidan sobre tu vientre.

Pero conmigo.

Entre mis manos

El sol comenzaba a declinar entre las montañas en aquella tarde del mes de junio, acariciada por un viento perezoso y fresco. Sentados sobre el muro del mirador ambos contemplaron en silencio hasta que Martín dijo:

– Esa sensación, ¿la conoces? La de tener a tu hijo en brazos, ese pequeño ser vivo que descubre el mundo en cada movimiento, en cada mirada. La indescriptible sensación de sentir su piel sobre tu rostro, de escucharle balbucear, de observar cómo mueve sus pequeños brazos. No sé si lo has sentido alguna vez, no sé si puede haber algo comparable a la mirada feliz de ese niño, de mecerlo mientras le cantas, de disfrutar de su primera sonrisa.

"La sombra de los (...) es alargada." Mannfred Salmon

“La sombra de los (…) es alargada.” Mannfred Salmon

Simón pensó, recordó, arqueó una ceja y respondió:

– Yo una vez sostuve un jamón entre mis manos.

Luego el sol desapareció y la tarde se volvió más animada con el alboroto de algunos niños.

– No creo que sea lo mismo – dijo finalmente Martín.

Mannfred Salmon’s TALE GENERATOR

¡Hola, amigos todos!

Hoy en Las aventuras de Mannfred Salmon nos congratulamos al presentar el revolucionario Mannfred Salmon’s TALE GENERATOR (versión beta), un método pensado ESPECIALMENTE para vosotros. ¿Quieres crear una historia original, divertida y alucinante y padeces el síndrome de la página en blanco? ¿Tu inspiración y creatividad se encuentran anquilosadas y oxidadas? ¿Te ves incapaz de dar con una idea brillante? ¡Olvida tus preocupaciones! Mannfred Salmon’s TALE GENERATOR (versión beta) ha llegado para ayudarte.

¿CÓMO FUNCIONA?

Es un método sencillo y eficaz para crear cientos de historias. Usando Mannfred Salmon’s TALE GENERATOR (versión beta) lograrás inimaginables puntos de partida para desarrollar tu historia a partir de cuatro sencillos parámetros: el protagonista, su principal característica, su misión y su meta final. Este método te ayuda a combinar los cuatro parámetros a tu gusto para crear una idea MAGNÍFICA que podrás moldear y desarrollar con el único límite de tu propia imaginación.

Puedes usar Mannfred Salmon’s TALE GENERATOR (versión beta) escogiendo los cuatro parámetros que más te interesen o dejar al azar la creación de la historia, ¡te esperan horas y horas de diversión! Para una experiencia completa os recomendamos aplicar el siguiente método:

– Escoge cuatro números del uno al diez, uno por cada parámetro. (Por ejemplo: 3, 6, 1, 9)

– Comprueba el resultado usando la tabla adjunta:

Mannfred Salmon Tale Generator

– La historia creada usando los números escogidos en el ejemplo es la siguiente: un cerdo extraterrestre que destruyó planeta lejano con un pedo debe acabar con un brujo que resucita a los muertos para conseguir tener un chiringuito en Tahití. 

Et voilà! Ya tenemos la sinopsis de nuestra magnífica y original historia. ¡Mannfred Salmon’s TALE GENERATOR (versión beta) está PENSADO PARA TI!

La gran aventura de Mannfred Salmon

Dejadme que os explique. No voy a justificar las prolongadas ausencias de material en este blog diciendo que se me han quitado las ganas de contar tontunas o que la rutina diaria me está quitando tiempo para ver la tele o que mi trabajo de persona normal ha hecho que abandone el dibujo. No señor, nada de eso. Hay una buena razón para que no haya muchas aventuras en este blog últimamente, y es que estoy inmerso en La gran aventura de Mannfred Salmon.

Hace casi dos semanas que el pequeño salmoncito nació y no veáis la de trabajo que está dando. Para empezar aunque todos esperábamos que naciese río arriba – salvo los salmones de Tontolonia, que nacen siempre junto al mar y después se desorientan – nuestro salmoncito decidió cambiar todos los planes previstos y nacer en el huerto de coles de un señor llamado Ramírez. El pobre hombre se quedó de piedra cuando el salmoncito le enseñó sus credenciales y le pidió que llamara a sus padres para avisarles del cambio y que vinieran a recogerle. También le pidió que, por favor, le dejara llevarse una col como regalo de nacimiento pero esa historia la contaré otro día. Por si no fuera suficiente la pecera que habíamos preparado para llevarlo a casa resultó ser pequeña y su madre y yo tuvimos que pedir prestada una garrafa de ocho litros y acondicionarla para el pequeño.

Como veis el pequeño salmón es rebelde pero también es un encanto. Ya nos ha dicho que nos quiere, el problema es que se confundió al investigar cómo demostrar afecto – creemos que leyó un manual de buenos modales para perros ingleses – y lo hace orinando su ropa una y otra vez. Claro está, le perdonamos este comprensible error y tratamos de enseñarle a no hacerlo más, sobre todo si decide demostrar su afecto encima de otra persona.

Y así estos primeros días van pasando y estamos seguros de que darán para muchas historias fascinantes. Os las iremos contando. Pero poco a poco, que este pequeño salmón necesita muchos cuidados y mucha dedicación.

Fin del cuento. ¡Feliz día a todos!

La nueva vida de John Pelfie

En aquella noche apestosa y pobremente iluminada John Pelfie había hecho algo asombroso, a todas luces inesperado, un acto impropio de un hombre conformista que nada sabía o sospechaba sobre el carisma, sobre la emoción o la aventura. Y absolutamente nadie estaba allí para verlo, lo que no dejaba de ser curioso en una ciudad saturada de gente, formada por aburridos montones de kilómetros de ladrillo y asfalto, abarrotada por las pisadas, el humo, el ruido y las peleas domésticas. Gente era algo que sobraba en la ciudad.

John Pelfie, frustrado por el hecho de que nadie sabría jamás lo que acababa de suceder, estiró el cuello y miró hacia el cielo nocturno, de un tenue color naranja. Frunció el ceño y se dijo a si mismo, con los ojos entornados: “es hora de cambiar mi vida”.